Era el rumor por las
estrechas calles empedradas del reino, todos hablaban de la furia que invadía
al soberano y que a veces, dejaba salir en gritos y maldiciones, era conocido
por todos, desde los q trabajaban en sus aposentos hasta la guardia de la
portería de aquel reino, que estaba más que enojado, sus palabras eran de
dolor, y con justa razón, pues, era también sabido que los príncipes se habían
dejado seducir por el poder que otorga la libertad desenfrenada y habían sido
persuadidos para terminar traicionando a su rey, ¿Quién no se pondría en la
posición del monarca? ¿No es acaso justo, entendible? Y así era como muchos
dentro del reino lo veían, aquellos que se ponían a la par del rey y empezaban
a juzgar y a maldecir a los que fueron tras los príncipes, llegaban incluso a
fantasear con los castigos que el soberano llegaría a imponerles a éstos, y, al
igual que el rey, se ponían en las plazas a proclamarlo y a hablar de sus
propias vidas como ejemplo de fidelidad y honor al rey y su reinado, habían
muchos que los escuchaban, sobre todo aquellos que estaban de visita por la
ciudad amurallada, pero, para algunos pocos era más preciso ver al propio rey
caminar de un lado a otro por los muros de la ciudad, empuñando las manos con
fuerza, alzando la voz, proliferándola en regaños y desventuras para aquellos
que lo habían abandonado y dejado atrás, por momentos se detenía y miraba al
horizonte, con una expresión de dureza en su rostro, después de unos segundos,
se volvía y seguía con su agitada actividad, ésta era la rutina de éste reino, ésta
era la rutina del rey.
Un día, cuando el sol se ubicaba en lo más alto del cielo,
mientras el rey caminaba por las murallas, hubo algo que llamó su atención, los
guardas de las puertas también lo habían notado, a lo lejos, se divisaba una
caravana, eran pocos, no traían animales, a medida que se fueron acercando, se
podía ver que sus ropas estaban gastadas, deshechas, sucias, sus rostros eran pálidos
y llenos de arena, sus labios estaban tan secos como el mismo suelo que
pisaban, y sus pasos eran lentos a pesar de que no llevaban ninguna carga o
mercancía, de pronto, sin ningún aviso, los aldeanos vieron correr al rey
apresuradamente hacia las enormes puertas de aquel reino, los guardas quedaron
estupefactos al solo poder observar de manera muy rápida la figura de su
monarca pasar frente a ellos corriendo como una gacela, lo vieron alejarse
hacia la caravana de personas que se acercaba a la ciudad, el asombro fue tanto
que muchos llegaron hasta las puertas y
se detuvieron a observar que era lo que ocurría, propios como extranjeros de
aquella tierra donde fluye la leche y la miel, estaban atónitos al ver aquella
imagen; el rey seguía corriendo directo hacia la caravana, tras él, algunos
guardias reales, frente a él, algunos jóvenes sin aliento y con pocas fuerzas,
cuando se encontraron cara a cara, el rey abrió sus brazos y estrechó al
primero con su cuerpo, el joven cayó de rodillas frente al viejo rey, cuando
los guardias reales llegaron a la escena, se dieron cuenta que eran los
príncipes con algunos de los aldeanos del reino, y se encontraron con el más
emotivo cuadro que jamás imaginaron, el rey lloraba mientras iba abrazando a
cada uno de sus hijos y a los que venían con ellos.
Los príncipes trataban de hablarle al rey, pero no alzaban
la mirada y hasta inclinaban sus cuerpos, entonces, el soberano, los apretaba
con sus grandes manos, les levantaba el rostro y les besaba la frente, los
guardias no daban crédito a lo que estaban viendo, después de unos minutos,
llegaron más personas a ver que ocurría en aquel pedazo del desierto, y se
emocionaban al ver a los príncipes y a sus hermanos y hermanas, con todo este
bullicio, la caravana iba acercándose a las grandes puertas del reino, con el
rey a la cabeza, dando saltos y gritos de alegría, proclamando días de fiesta
en la aldea, llamando a uno y al otro, para que trajeran ropas, calzado, comida
y bebida para los que venían con él, su rostro ya no guardaba lágrimas, solo se
veía una sonrisa gigantesca, y no dejaba de abrazar a los príncipes.
El reino se llenó de fiesta, de alegría, de comida, de
bebida, de música, habían bailes por todas las calles, la gente sonreía y
disfrutaba de las festividades, pero claro, algunos no podían entender como era
que se estaba en celebraciones cuando era momento de hacer justicia, no podían
entender que aquellos que comían, bebían y bailaban, hubieran olvidado tan
rápido la deshonra de los recién llegados, no podían entender que el rey se
hubiera olvidado de sus propias palabras.
Y es que, no podían entender las palabras del Gran Monarca:
“¿Cómo podré entregarte? ¿Cómo podre abandonarte? Mi corazón se conmueve dentro
de mí, se enciende toda mi compasión”, algunos recuerdan muchas cosas pero
olvidan la más importante de todas, El Rey siempre ha sido El Padre.
El Rey puede estar enojado, pero El Padre siempre está
presto a sus hijos, El Padre siempre tiene sus brazos abiertos, El Padre
siempre está enamorado.
Marlon Avila